jueves, 2 de abril de 2009

Monasterio de Sigena



El Monasterio de Sigena, lo que queda, es un fascinante fruto del ingenio y de la iniciativa, de la refinada sensibilidad y de la barbarie.

La vinculación de este monasterio a la nobleza lo constituyó en cenobio de elite, y su condición de panteón real le proporcionó un peculiar respeto.

El poder de la comunidad de religiosas rozó lo desmesurado, hasta el extremo de poner reticencias a la ejecución del propio Concilio de Trento, cuya orden de clausura las religiosas eludieron mediante una postura inedita para lo que este Concilio fue, supuso y estableció.

Los recursos acumulados permitieron crear un conjunto de obras de arte sobresalientes, no al margen de una refinada sensibilidad que fue común a las sucesivas comunidades de religiosas.


Activos y referentes durante siglos, a partir de finales del siglo XVIII, y sobre todo a lo largo del siglo XIX, la comunidad y, consiguientemente, el monasterio, entraron en un proceso de decadencia.Ajuzgar por las fotografías más antiguas que han llegado a nosotros, y por las descripciones de quienes lo visitaron, la fábrica del monasterio había entrado en un acusado y progresivo periodo de deterioro.


Poder ir dinero, ingenio y sensibilidad, azar y adversidades intencionadas convierten a este conjunto en un referente y simbolo, incluso en su carencia y ruina, en su mutilación y deterioro.


El edificio debe ser elocuente en lo que fue y en lo que pudo ser, testimoniar la sensibilidad de quienes lo generaron y dejar patente la barbarie de quienes intentaron destruirlo.


Este edificio sometido a tan azarosos acontecimientos cuenta con el privilegio de haber sido rehabilitado en la función para la que fue creado.

La restauración en su día hecha de la sala capitular fue inequívocamente inadecuada, por pretenciosa.


Es indispensable que altares como el retablo de la Virgen del Comendador vuelvan, o que se pueda recomponer el retablo mayor, del siglo XVI, actualmente repartido en varios museos, pero se pueden recobrar numerosas piezas, a veces fragmentos mutilados, que servirían para evocar lo que el recinto fue.

Una mención especial merece el llamado portapaz, que más exactamente era un relicario.

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